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ÉL CONCEDERÁ LAS PETICIONES DE TU CORAZÓN

Conocemos bastante bien el pasaje de la escritura en el Salmo 37: 4b que nos dice que el Señor concederá las peticiones de nuestro corazón, y no solo el pueblo del Señor conoce este pasaje sino que además se agrada en gran manera en él.

Es interesante mirar con detalle la primera parte de este versículo, donde dice: Deléitate asimismo en el Señor, y luego si añade, y él te concederá las peticiones de tu corazón. La promesa de que sean concedidas las peticiones de nuestro corazón viene precedido de que primero nos deleitemos en el Señor; es decir, que nos deleitemos en Su señorío, en que él sea el Señor, en que él gobierne nuestras vidas y no nosotros. Y es cuando esto suceda que entonces se nos concederán las peticiones del corazón, no antes.

El asunto es que mientras no nos deleitemos en Su señorío, en Su gobierno; las peticiones de nuestro corazón serán diferentes a las de Él, estaremos entonces pidiendo mal, como nos dice la carta de Santiago: Pedís, y no recibís; porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites. Santiago 4: 3, y enseguida se añade: Adúlteros, y adúlteras, ¿no sabéis que la amistad del mundo es enemistad con Dios? Cualquiera pues que quisiere ser amigo del mundo, se constituye en enemigo de Dios.

¿Qué nos está diciendo la escritura? Que cuando pedimos para gastar en nuestros propios deleites, estamos pidiendo ser amigos del mundo, nos hacemos enemigos de Dios y somos adúlteros.

El Señor está buscando esposa, una Iglesia sin mancha ni arruga o cosa semejante, una mujer fiel; él no tendrá como esposa a una adúltera, a una que tiene y fornica con otros amantes, no, esa es una ramera que será pronto destruida; una que dice ser la esposa del Cordero pero pide y ama las cosas del mundo.

El Señor si nos invita a pedir, pero nos las cosas terrenales y temporales, sino las eternas, él nos invita a pedir Su Santo Espíritu, a buscar la vida de él. Y para estas promesas y peticiones que si son conforme a Su voluntad, ciertamente habrá respuesta, entonces si se nos concederán las peticiones de nuestros corazones porque pediremos conforme a Su voluntad; él nos dice pedid y se os dará y está hablando de Su Espíritu para conformarnos a Su imagen y para que seamos para Su deleite y para Su complacencia, para que baste ya el tiempo pasado para pedir mal y para vivir para la voluntad de los hombres y para satisfacer las concupiscencias del corazón que es engañoso y perverso más que toda cosa creada.

Si, pidamos, pero no pidamos para nuestros propios deleites, sino pidamos un nuevo corazón, conforme a Su corazón, para conocerlo a él, para agradarlo a él y no a nosotros mismos.

La promesa hecha es Su Santo Espíritu y esta provisión es para circuncidar nuestro corazón y para escribir Su palabra en nuestras almas y entrañas, para cambiarnos de naturaleza y que entonces nuestros deseos sean limpios, sean los deseos de él, de una nueva vida sin corrupción, sin maldad, sin buscar lo propio ni lo vano, deseos de una vida sin pecado; pues para esto nuestro Salvador vino al mundo, para deshacer el pecado y este se encuentra es en nuestros corazones, no afuera.

El dios de este siglo es quien ofrece las cosas del mundo. No hermanos, el Señor tiene para darnos verdaderas riquezas y tesoros, él nos ofrece una herencia maravillosa nada comparable con lo que el mundo nos ofrece. Hermanos que no sean extraviados y corrompidos nuestros sentidos de la sincera fidelidad a Cristo, como la serpiente engañó a Eva y engaña hoy a muchos haciéndoles creer que las cosas materiales son la bendición del Señor.

Señor, bautízanos en tu Santo Espíritu, sumérgenos en Tu vida y en Tu naturaleza, para que nos sigamos pidiendo y haciendo mal, sino para que andemos como es digno de Ti, para que llevemos mucho fruto en el que seas glorificado; bautízanos en Ti, para que cesemos de nuestros caminos, de nuestras obras y de buscarte para que hagas nuestra voluntad, satisfagas y bendigas nuestros propios proyectos; bendícenos con Tu vida, para que no resistamos más a Tu Santo Espíritu y al fin aprendamos la obediencia; por amor de Tu Nombre, acuérdate de Tu Pacto eterno en la preciosa sangre de Tu amado hijo, nuestro Salvador, para que al fin perdamos nuestra vida y entremos en la Tuya; ¡Oh Señor. Por amor de Tu Nombre sálvanos, Santifica Tu Nombre que por causa nuestra ha sido blasfemado. ¡Oh Señor, acuérdate de que has alzado tu mano prometiendo introducirnos en nuestra herencia, en la tierra prometida, de ser nuestro Dios y de que seamos Tu pueblo. Ven a hacer por nosotros lo que para el hombre es imposible, porque quien nos librará de este cuerpo de muerte sino Tu Gracia.

Bendito seas por los siglos de los siglos. Amén.

 
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