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El leproso PDF Imprimir E-mail

Mayo 11 del 2010

La parábola del leproso

Jesús marchaba hacia Belén.                     
El día,                                   
tras los montes lejanos,                       
entre nubes de sangre se extinguía,             
y la misericordia de sus oros                   
regaba en los oscuros olivares                 
y entre los gigantescos sicomoros.             

Y detrás de Jesús la muchedumbre               
caminaba doliente y silenciosa,                 
mientras el sol en la lejana cumbre             
deshojaba sus pétalos de rosa...               

De Belén a las puertas                         
hallábase un leproso                           
que, al contemplar la multitud, lloroso         
los brazos extendió, como esas ramas           
de los árboles viejos                           
que el tiempo cubre de úlceras y lamas.         

Entonces Juan, quitándose el abrigo,           
piadosamente lo entregó al mendigo;             
y Pedro hermano del rebaño             
exclamó sollozando ¡te bendigo!                 
y sus sandalias alargó al anciano.             

Jesús, entonces, se acercó. Y gozoso,           
con íntimo fervor, con embeleso,               
estrechando en sus brazos al leproso           
dejó en sus llagas el clavel de un beso.       

La multitud se estremeció...                   
Moría                                     
la tarde en los lejanos horizontes             
y con sus besos de piedad cubría               
la frente pensativa de los montes...

C. Nieto